CONCIERTO DE LUCES MOVIBLES.- Se escabulló hace muy poco. George Moustaki cantó "Ma solitude" y nos dejó sólo por un rato, porque los artistas -nada más cuando son buenos, claro- nunca desaparecen. Queda siempre un recuerdo pequeño o grande, pero ahí está para la eternidad. Me quedé sin lágrimas, me quedé sin música, me quedé sin mi amor secreto, me quedé sin mi juventud ya tan lejana. En aquellas melodías él me dio todo eso y mucho más, y hasta me acarició con sus manos morenas y su túnica blanca. Así lo vi hace veintitantos años en un teatro de la calle Alcalá. Hebras ya blanquecinas en su pelo todavía castaño, canciones suaves, melodiosas, llenas de libertad, de igualdad, también por qué no, de fraternidad. No era francés, pero como si lo fuera. Decía que era "Le métèque" pero él no podía ser esa palabra tan fea, no: Era cercano, dulce, tranquilo, auténtico, singular, rodeado de lucecitas movibles enfrente de aquel escenario mágico, sobrecogedor cuando cantaba a la libertad, amigo íntimo de sus seguidores y de su equipo a los que en cada actuación, nombraba uno a uno, con el amor con que un padre llama a sus numerosos hijos a la merienda. Un fervor merecido. Todos eran espectaculares. Las velas se apagaban de tanto aplauso, las butacas temblaban de placer, las sonrisas de los rostros enmudecían y se congelaban hipnóticas. ¡Otra! ¡Otra! Nos tenía muy mal acostumbrados y, tan obediente él, bordaba la petición.
Me acerco ahora a mis estanterías blanquísimas y allí, escojo entre varios cassetes con franja azul, Le Métèque, no me gusta el título ni el oirle decir que era extranjero, pero él tampoco se lo creía, pues siempre, siempre,tan cercano, nos tuteaba rozando el oído.
Tornasol
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